Soy una mujer de 25 años, como toda "modesta" descripción escribiré; risueña, alocada, amigable, sincera, honesta,
fuerte, directa, inteligente y un sinfín de bellos adjetivos calificativos que
puedo poner sobre mí. Sin embargo, creo tener de eso un poco pero también
soy miedosa, cobarde, llorona, enojona,
caprichosa, mentirosa, viciosa y floja. Si, si, de esos calificativos que muy
pocas se atreven a poner sobre sí mismas, pero yo los acepto tal y como son, de
otra forma no estaría describiéndome de la manera correcta.
Pero hace poco descubrí en mi un nuevo
adjetivo, “aventurera”, fue cuando animada por un compañero de trabajo y gran
amigo, quien me insistió con dos semanas de anticipación hacer un reportaje
sobre la Virgen De La Puerta- aquella
mujer a la que miles tienen Fe- decidí
emprender la aventura de caminar hacia a ella, no puedo negar que en el fondo
sentía que debía saldar una deuda con ella, me había salvado un par de veces y
de alguna manera debía agradecerle.
La caminata empezó desde temprano
y gracias a unas coordinaciones de última hora, se unieron a nosotros una joven
pareja de esposos, él con la experiencia de caminar hacia Otuzco por 5 años y
ella al igual que yo emprendiendo una aventura por primera vez. Entre risas,
conversaciones y paradas para entrevistar a uno que otro peregrino, las horas
fueron pasando y el camino parecía tan largo como desde el principio. Casi todo
el camino, insistí en tomar un bus y llegar más cómoda a Otuzco- total, yo
nunca prometí que iría caminando- en gran parte del camino, nunca encontré la
salida a la autopista.
Cuando llevábamos más de 2 horas
de caminata, al joven experto en caminatas se le ocurrió tomar un atajo, buena
idea para quienes queríamos cortar camino. Entonces, pese a que lo dudé un
momento, al final decidí subir cuesta arriba y ahorrarme un gran tramo de
carretera, todo iba bien cuando pensé que solo había que subir unos cuantos
metros, pero cuando me vi cuesta arriba con una gran distancia por escalar,
tuve miedo, y entonces mi adjetivo calificativo de “cobarde” me quedó como
anillo en el dedo. Detrás de mí estaba mi compañero, amigo, camarógrafo, que se
había propuesto empujarme hacia arriba, pese a que llevaba en una mochila la cámara
y demás cosas, se dio el valor y la fuerza de ayudarme a escalar, y así paso
por paso fuimos avanzando, hasta que, el pánico se apoderó de mí y empecé a
temblar, grité que me quería bajar, entonces escuche su voz diciéndome; mira
hacia abajo y te darás cuenta que solo tienes opción de seguir. Era cierto,
cuando miré hacia abajo me sorprendí por todo lo que sin proponérmelo había
avanzado y en definitiva era más difícil bajarse que seguir subiendo. Sin
embargo, el miedo me tenía presa, era como si hubiese sujetado mis pies para no
avanzar más, en ese entonces y quizá inclinada por el terror pensé que
cualquier paso en falso provocaría una caída mortal y que no iba a caer sola,
sino que iba a arrastrar a quien me había ayudado a subir.
Quienes estuvimos ahí, saben que no exagero,
eso fue estar más cerca de la muerte que de la vida, y ahí a punto de darme por
vencida, hice un recuento de las cosas horribles que tuve que enfrentar y de
las que pese a todo pude salir airosa. Recordé también que aún tengo muchos
pendientes conmigo misma y con parte del mundo allá afuera, entonces decidí dejar
el miedo y continuar – antes de eso, prometí que si salía viva de esa llegaría
caminando a Otuzco- entonces mi amigo, quien no había dejado de decirme que Yo
podía hacerlo, me dijo; yo te voy a tomar la mano y vas a pisar hasta llegar
arriba, recuerdo cómo fue que le hice prometer que no me soltara por nada del
mundo, esa quizá fue la primera vez que me había aferrado tanto a la mano de
alguien, la primera vez que sentí el verdadero significado de la palabra: Tú
puedes. Y claro, pude hacerlo, cuando llegué arriba mis ojos se llenaron de
lágrimas, mis manos temblaban, pero también una sonrisa era la que me llenaba
los labios, estaba viva, estaba ahí y debía seguir. Seguí, seguimos y después 12 horas por fin llegamos
a nuestro destino, a ver aquella Virgen a la que muchos tenemos fe, al verla
solo atiné a llorar, recuerdo que lo único que pedí fue; liberarme de mis
rencores, aprender a pedir perdón y descubrir cada día algo nuevo para seguir…
Esta experiencia me enseñó
muchísimo, me hizo dar cuenta que no del todo me queda el adjetivo de “cobarde”,
sé que otros en mi lugar no lo hubiesen hecho, y me siento orgullosa de mí.
Claro, no lo hubiese logrado sola, sin una mano amiga, esa voz diciéndome; tú
puedes, definitivamente no lo hubiese logrado. Y aprendí que tomar un nuevo
camino no siempre debe ser un error, al contrario debe ser una maravillosa
experiencia, tienes sus ventajas y desventajas, pero el sabor a triunfo que
se siente cuando se llega a la meta es algo que nunca nadie nos quitará…
