Cuando lo vi por primera vez
estoy segura que él no hizo nada más que sonreír -quiero estar segura de eso- no tengo la capacidad de recodar lo que pasó
el primer día que nací, hace ya 25 años. Los recuerdos vagos de mis dos primeros años
de vida, me han hecho verlo jugar conmigo en un parque de aquella ciudad, allá
en el viejo continente, una foto encontrada por ahí me hizo confirmar que
efectivamente jugaba conmigo. Otro recuerdo en mi subconsciente es cuando yo
usaba una falda como un tutú para bailar ballet, pero yo bailaba la pegajosa
canción sopa de caracol, mientras él sonreía.
Lo bueno es que de nuestra primera despedida no tengo un recuerdo en la
memoria, pero siempre existieron las fotos, y justo la que tengo refleja en sus
ojos la tristeza de haberme dejado ir.
La segunda vez que lo vi fue
realmente alucinante. Yo tenía 14 años, entraba al 5to año de secundaria en esa
mágica ciudad de la selva, Pucallpa. Como toda chiquilla andaba con la moda de
las conversaciones con amigos por aquí y por allá. Una noche cometí el error de
salir de casa mientras mamá no estaba y conversar con un amigo a unas cuadras
de casa, tan mala fue mi suerte que ella me encontró y pese a que me escondí,
se dio cuenta que era yo. Al llegar a casa me tocó una gritada y un par de
correazos que me hicieron ver a San Judas calato. Fue entonces que ella empezó
a decir ( amenazar) que yo debía irme con él a Europa, que no podía seguir en
Perú, que iba a joderme (más) la raza mezclándome con los fulanos de ahí y bla, bla, bla. Lógicamente no hice caso de
sus advertencias- siempre solía decir lo mismo- pero, al pasar los días y verme
en la oficina de migraciones tramitando un pasaporte, eso sí fue realmente
sospechoso. Sin embargo, seguía sin creerlo del todo, algo dentro mío quería
creer que solo era una amenaza y ya. Era más o menos inicios de Marzo del 2002,
cuando ella dijo que debía despedirme de todos, porque efectivamente me iba a
Rumanía, de hecho, nos íbamos las dos hasta el viejo continente. Un poco
incrédula, me despedí de las mejores amigas, las vecinas y hasta el chico que
me hacía suspirar, pero lo que más me costó fue despedirme de mis pequeños y
traviesos hermanos, aquellos a quienes aprendí a amar desde el primer momento
en que llegaron al mundo y de aquel hombre que había estado siempre a mi lado
desde que yo era muy pequeña. Pero mamá ya tenía todo listo, hicimos maletas y
en cuestión de días ya estábamos en la capital de este país donde no nací, pero
que aprendí a querer como mío. Al verme sentada en la embajada de Rumanía,
esperando la visa y de escuchar al embajador hablarle en rumano a mi madre y
distinguir dos palabras: Surprise, surprise, supe que la sorpresa recién se me
estaba dando. Luego de recoger los pasajes, de pronto ya estábamos en el
aeropuerto a punto de subir a un avión transatlántico que nos llevaría hasta
Europa, carajo, que rápido había sido todo, que triste estaba en ese avión,
cuántas lágrimas dejé en el asiento, y cuantos mocos boté en el baño de tanto
lloriquear. Pero qué más daba, no había marcha atrás, ya no me podía bajar, y
tenía que enfrentar todo lo que me esperaba en adelante. Luego de 12 horas
hasta Amsterdan, por fin bajamos del avión para luego subir a otro que nos
llevaría directo a Bucarest, fueron 3 horas más de vuelo, hasta que por fin,
así en cuestión de 15 horas, millones de millas me separaban de mi hogar, mi
familia, mis amigos, mi vida.
En el aeropuerto de Bucarest, a
mi mamá un hombre la esperaba con un cartel donde estaba su nombre completo,
cosa que me sorprendió. Al preguntarle porque la esperaban así, ella sacó sus
mejores dotes de mentirosa y me dijo que daría una charla en la televisión de
Rumanía sobre enfermedades tropicales de la Amazonia peruana, cosa que era muy
creíble pues mi madre había estudiado en Rumanía y tenía contactos para poder
hacer eso, así que cual chiquilla crédula, me tragué tremendo cuento. Y el hecho
de que una camioneta que tenía un logo de TV Romania nos trasladara a un hotel,
hizo que me tragara con más razón ese cuentazo. Estuvimos dos días en ese
hotel, con jacuzzi, con una decoración antigua, tan hermosa, tan europea
(obviamente). Lo que me pareció rarísimo fue que a la hora de almorzar en el
comedor todas las personas repetían la frase: ¡Surprise, Surprise!. Y
sinceramente me estaban llegando con su frasecita, supuse que era una de esas
palabras que se ponen de moda, como en Perú solíamos decir ¡chévere! O ¡bacán!,
entonces no le tomé más importancia. Pasados dos días, salimos en la misma
camioneta rumbo al canal TV Romania. Sorprendida por lo grande que era ( era mi primera vez en un canal de tv),
entramos a una pequeña sala, donde nos sentamos junto con otras personas que
habían estado con nosotras en el mismo hotel – cosa muy sospechosa- mientras
que mucha gente corría de un lado a otro, vociferando palabras en rumano- las que no entendí- mientras nosotras veíamos
un programa que se estaba estrenando en ese canal, una muchachita de pelo negro
y blanca, casi igual a blanca nieves, era quien conducía ese programa, el mismo
que llevaba por nombre ¡Surprise, Surprise!. Vaya! Entonces quizá podía empezar
a atar cabos, pero mi distraída personalidad no me permitió atar nada. Pasó una
hora, cuando un jovencito se acercó a nosotras y le dijo no sé qué diablos a mi
madre y entonces nos hicieron correr por unos pasillos, mientras hablaban en
rumano y yo no entendía nada. Cuando por fin paramos de correr, me vi cerca al
set de ese programa que no era más que un formato idéntico al programa de la
suavecita Mónica Zevallos ¡Vale la pena Soñar!, sí ese mismo donde te cumplían
los sueños, haciéndonos creer a todos que realmente estos pueden hacerse
realidad. Fue entonces que vi en el set a un hombre - moreno, con poco cabello,
con una nariz muy parecida a la mía- que estaba siendo entrevistado por la
hermosa conductora rumana, miré fijamente y mi corazón empezó a latir a mil por
hora, mis ojos se humedecieron y solo le pregunté a mi mamá ¿él es mi papá? ,
ella contestó con un escueto Sí.
¡Carajo! Él estaba ahí a unos pasos de mi, hablando con esa conductora
dándole una ¡Surprise, Surprise! a mi corazón.
No entendía ni un comino de lo
que se decían, pero cuando vi acercarse a ellos a un joven alto, un poquito
gordo y blanco, entonces lo comprendí todo. El tiempo pasó tan rápido que solo
atiné a escuchar que la rumana dijo: Arlene y Jenny, entonces alguien nos
empujó hacia el set. De pronto ahí estábamos frente a miles de rumanos,
encontrándonos, abrazándonos, llorando. Mi mamá corrió a los brazos de mi
hermano y yo me quedé helada por unos segundo que parecieron minutos y entonces corrí a los brazos de él,
claro, era él, esa mirada era inconfundible, así mi padre y yo volvíamos a
vernos por segunda vez después de 12 años, tiempo en él que solo escuché su voz
unas cuántas veces. Entonces, el show de la familia peruana que se reencontraba
en ¡Surprise, Surprise! se acabó, la conductora dio pase a la publicidad y
nosotros dimos varios pasos para salir del set. Yo no podía creerlo, no sabía
que decir, mi corazón latía muy rápido. Mi hermano- quien había sido mi
compañero de aventuras en la infancia – me abrazó, sonrío y me llevó de la
mano, fue entonces, que comprendí que nos estábamos recuperando él uno al otro,
que él recibía a su madre y yo a mi padre.
Fueron 3 largos meses en la
ciudad que me vio nacer, junto a mi padre, mi hermano, mi hermana – la conocí
cuando ella tenía 5 años- y mi madre. En ese tiempo, compartimos mucho, mi hermano
y yo empezamos a salir a todas partes, reíamos, paseábamos y hasta bailábamos
en la disco. Con él, con mi padre, no pude compartir mucho, era un hombre de
trabajo y algunas veces muy serio, no hubo mucho acercamiento, quizá no puse de
mi parte tal vez él no mostró mucho cariño, en fin. Los tres meses pasaron
volando y fue así como regresamos a Perú mi madre y yo, ella pese a sus intentos
por dejarme en ese frío país terminó aceptando que yo quería regresar a Perú, a
mi familia, mis amigos, mi secundaria, mi vida. Entonces regresamos, entonces
continué con mi vida, entonces él y yo volvimos a distanciarnos una vez más,
volvimos a despedirnos por segunda vez, solo que de esta despedida si tengo el
recuerdo en mi memoria.
Los años pasaron, yo dejé de ser
la chiquilla de 14, me aventuré a estudiar la carrera que siempre quise,
siempre imponiendo lo que yo deseaba, siempre rebelde y como decía mi mamá,
siempre parecida a él. Desde entonces han pasado 11 años, hoy tengo 25 y antes
de terminar el 2012, una nueva ¡Surprise, Surprise! llegó a mi vida. Él decidió
regresar a Perú, a ver a sus padres (mis abuelos), a verme, a compartir.
Nuestro reencuentro fue raro, el tocó la puerta de casa de los abuelos, yo abrí
y entonces él estaba ahí, no ha cambiado mucho, no ha envejecido, parece que el
tiempo se detuvo en él. Entonces un fuerte abrazo me hizo comprender que las
millones de millas que nos separaban se habían acortado, tanto que podíamos
abrazarnos. Hemos recibido juntos la navidad, hemos abierto regalos, hablado,
sonreído, brindado y hasta hemos fumado juntos. Vaya! El tiempo sí que ha
pasado, yo he crecido, soy una mujer, profesional, pero aún no hemos encontrado
la fórmula exacta para compenetrarnos por completo pese a que somos tan
parecidos. Lo he visto unos cuántos
días, pero fue la última noche cuando bajo el efecto de algunas cervezas,
empecé a expresarme, a contar mis travesuras, mis actos de rebeldía y mis ganas
de escaparme siempre que no encontraba lo que quería. Entonces, aquella noche,
ambos supimos que éramos tal para cual, que él había dejado en mi parte de él,
las sonrisas, la forma de ver la vida y puede que hasta los cojones para
enfrentarme al mundo.
El día de la despedida llegó, mis
abuelos no pudieron contener las lágrimas, y es que volver a verlo después de
22 años fue todo un acontecimiento para ellos. Él empezó a despedir a la
familia y reservó el último abrazo para mi, entonces nos abrazamos y cuando
quise soltarme el me abrazó más fuerte, entonces comprendí que nos queremos,
pese a que nadie dijo un ¡Te quiero!, ambos supimos que había más que eso.
Cuando se alejó, algo en mi corazón me llenó de nostalgia, mis ojos se llenaron
de lágrimas y la tristeza me inundó. Él se fue a seguir con su vida, su mundo,
su país, su familia. Yo me quedé con mi vida, mi trabajo, mi familia, mis
amigos. Pero estoy segura que esta tercera despedida tendrá un nuevo
reencuentro, aún nos falta mucho por
vivir juntos, de eso estoy convencida. No dije ¡Te quiero!, quizá hizo falta,
tal vez no. Sin embargo, lo siento y mucho.
¡Hasta pronto papá!
