Hasta hace poco de las únicas
muertes de las que había experimentando, eran de esas muertes emocionales, sí,
esas de cuando terminas la relación con tu flaco porque; se peleaban mucho, era
un completo idiota, no tenías tiempo, te sacó la vuelta o simplemente dejaste
de quererlo porque sí y ya. Obvio que las veces en que la muerte del amor me
tocó fue cuando un par de idiotas me hicieron daño, como todas, lloré a mares,
maldije, (en algunos casos me vengué) y después dije: llorar a mares el día de
la muerte, velarlo 3 días y botar el luto al cuarto día. Parece fácil decirlo,
pero en ese momento era realmente duro, cuando se quería de verdad, realmente
dolía. La muerte de emociones y
sentimientos era de lo único de lo que sabía mi corazón, la muerte real se
había aparecido en mi vida solo cuando me tocaba ir a cubrir notas de
asesinatos y llegué a ver escenas escalofriantes con la serenidad que nunca
alcancé en otras circunstancias. Dentro de todo, era una mortal más afortunada
que otras, pues nadie a quien yo quería se había muerto de verdad,
absolutamente nadie.
Hace más de un mes y medio, la
muerte empezó a darme señales de que llegaría a mi vida. Cuando mi abuelo se
enfermó, empecé a reconocerla como esa puta que te arrebata a quien más quieres
y un día cualquiera sin más ni menos se lo lleva y terminas quedándote sola. Mi
abuelo cayó enfermo a causa de 3
derrames cerebrales, empezó con un leve,
otro medianamente fuerte y el último gravísimo que lo dejó postrado en una cama
de hospital; sin hablar, comer y respirando con dificultad. Verlo así, fue un
golpe enorme a mi corazón (sí, el que solo había sufrido por sonseras), aquella
noche regrese a casa con el corazón devastado. Tenía un tumulto de imágenes en
mi mente, me culpaba por mi inconsciencia de no haber ido a verlo el día del
padre, el día de mi cumpleaños y tantos otros fines de semana que no pasé con
él y que dediqué a personas que (ahora sé) no se merecían tanto de mi tiempo,
no se lo merecían tanto como mi abuelo.
Por mucho tiempo fui una ingrata
(demasiado a veces). Me ausentaba mucho de casa de mis abuelos, no iba a
visitarlos y a veces era también porque simplemente no quería ir y ya. Hasta
que esa bendita frase de “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” empezó a
rondar en mi cabeza cuando mi Papá Carlos estaba postrado en una cama. Fueron
días difíciles para mi familia, mi tía Jenny Patricia y mi abuela Jenny Esther
(sí, Jenny igual que yo) pasaron la parte más tranca de todo esto, fueron ellas
quienes estuvieron todos los días a su lado, cuidándolo, dándole lo mejor, aún
cuando los doctores ya habían matado toda esperanza de recuperación.
Jamás voy a olvidar aquel domingo
14 de julio de este 2013 en el que fui a verlo junto con mi abuela. Me tocó
asearlo, cortarle las uñas, rasurarle la barba,
él solo me miraba y yo veía como caían algunas lágrimas de sus ojos, al
menos podía escucharnos. Cuando mi abuela fue al baño y me quede sola con él,
aproveché en decirle todo lo que me había callado, le agradecí por haber estado
presente en mi graduación, por aceptar a mis amigos y por haberme esperado
siempre (aun cuando a veces sabía que no llegaría), no pude evitar llorar, él tampoco
pudo evitar llorar, no hablaba pero sus lágrimas lo decían todo. Pasaron tan
solo unos minutos, el cuarto se llenó de practicantes de medicina averiguando
el mal de mi abuelo, en ese entonces, yo solo atinaba a acariciarle el cabello
y secarle las lágrimas, me parecía muy extraño que llorara tanto (minutos después
supe por qué). Mientras mamá Jenny hablaba con los aspirantes a médicos, mi
abuelo empezaba a tener problemas para respirar, lo miré y algo dentro de mí
sabía que el me miraba por última vez, salí corriendo a llamar a los doctores,
llegaron, nos sacaron de la habitación, voltee a verlo y supe que se había ido.
Afuera de la habitación mi abuela y yo temblábamos y llorábamos esperando que
nos dijeran que todo estaba bien. Minutos después, sucedió lo que tanto
habíamos temido. La voz temblorosa de la doctora solo atinó a decir: el
abuelito falleció, mi abuela se derrumbó en llanto, yo intentaba ser fuerte,
intenté serlo hasta el final pero no pude.
Lo que vino después es lo que
sucede con todo mortal cuando se va, la familia llora, los que están lejos
llaman y lloran al teléfono, hay que elegir el ataúd, hacer los trámites del
velorio, recibir a mucha gente que da el pésame hasta el momento del entierro,
ese terrible momento en el que sabes que se va para siempre quien tanto has
querido.
Fueron días difíciles, había que sacar
fuerzas de donde sea y de alguna manera me sentía intrusa porque mi primo
hermano quien fue criado por mi abuelo no llegó a verlo antes de su muerte,
hasta ahora sigo creyendo que usurpé un lugar que no me tocaba. Sin embargo,
creo que Dios sabe porque sucedieron así las cosas y estoy segura que Papá
Carlos quería dejarme la mejor lección de mi vida, algo por lo que siempre voy
a agradecerle. Y aunque la muerte acabó con su vida, de alguna manera le dio el comienzo a la mía más cerca de mi familia.
Hace un mes exactamente se fue,
después de eso he estado más unida a mi familia, voy a visitarlos más seguido y
cuando llego a la soledad de mi casa los extraño más. Siempre voy a pensar que
la muerte es una puta, no la odio, quizá en el fondo hasta le tenga respeto, es
la única capaz de quitarte a quien más amas, la única. Después de esto
cualquier dolor emocional es un chancay de a veinte a lado de la pérdida de un
ser querido.
Hasta siempre Papá Carlos, sé que
nos volveremos a ver y ahora que eres un ángel, sé que sabrás cuidarme
y secar mis lágrimas cuando esté triste aun cuando no pueda verte.